Abuelos y nietos: videojuegos sencillos para compartir en casa

Hay actividades que conectan generaciones casi sin esfuerzo: cocinar una receta familiar, jugar a las cartas, montar un rompecabezas o mirar fotografías antiguas. Los videojuegos también pueden ocupar ese lugar, aunque al principio no siempre lo parezca.

Para muchos abuelos, coger un mando puede resultar extraño. Los botones tienen símbolos poco familiares, algunos juegos avanzan demasiado rápido y controlar un personaje mientras se mueve la cámara puede sentirse más complicado de lo esperado. Para los nietos, en cambio, esas acciones suelen ser naturales.

Esa diferencia puede convertirse en una oportunidad interesante. Cuando un nieto enseña a su abuelo o abuela a jugar, los papeles habituales cambian durante un rato. El niño se convierte en quien explica, tiene paciencia y acompaña. El adulto aprende algo nuevo y entra en una parte del mundo cotidiano del menor.

No hace falta empezar con juegos difíciles ni buscar una experiencia competitiva. Para compartir videojuegos en casa, suele funcionar mejor elegir propuestas sencillas, con objetivos claros, partidas cortas y espacio para conversar.

El primer juego debería ser fácil de entender, no necesariamente infantil

Un error habitual es pensar que, si una persona mayor nunca ha jugado, necesita obligatoriamente un videojuego diseñado para niños pequeños.

No tiene por qué ser así.

Lo importante es reducir la dificultad de los controles.

Un buen juego para comenzar debería permitir entender qué está ocurriendo en pantalla sin aprender diez botones distintos. Si una persona tiene que recordar cómo mover al personaje, controlar la cámara, abrir un inventario, cambiar herramientas y utilizar varias combinaciones, probablemente dedicará más atención al mando que al propio juego.

En cambio, una actividad donde solo sea necesario mover una pieza, elegir una opción o realizar dos acciones básicas permite concentrarse en disfrutar.

También ayuda que el videojuego tenga un objetivo visible.

Por ejemplo:

llegar hasta una meta;

resolver un pequeño puzle;

completar una carrera;

preparar una tarea juntos;

construir algo sencillo;

superar una ronda.

Cuando la meta se entiende rápidamente, resulta mucho más fácil aprender los controles mientras se juega.

Además, conviene evitar al principio experiencias donde un error provoque una derrota inmediata. Poder probar sin miedo hace que aprender sea mucho menos frustrante.

Juegos de carreras: una forma directa de empezar

Las carreras son una buena puerta de entrada porque prácticamente todo el mundo entiende el objetivo antes de coger el mando: avanzar por un circuito e intentar llegar a la meta.

Mario Kart es uno de los ejemplos más conocidos de este tipo de experiencia familiar.

No hace falta comprender historias complicadas ni explorar mapas enormes. El jugador elige un personaje, conduce y trata de completar la carrera.

Para alguien que nunca ha utilizado un mando, girar y acelerar ya pueden representar suficiente desafío durante las primeras partidas.

El nieto puede explicar solamente lo imprescindible:

“Con este botón aceleras y con esta palanca giras.”

Después pueden añadir el resto poco a poco.

No es necesario enseñar todas las funciones antes de comenzar.

De hecho, explicar demasiadas cosas de una sola vez puede hacer que parezca más difícil de lo que realmente es.

Las carreras también tienen otra ventaja: normalmente son cortas.

Si la primera sale mal, unos minutos después pueden empezar otra.

Eso reduce la sensación de fracaso.

Además, el resultado no debería convertirse en lo más importante. Un nieto que conoce perfectamente el juego puede tener mucha ventaja sobre un abuelo que acaba de empezar.

Puede resultar más entretenido cambiar el objetivo.

En lugar de competir por quién gana, pueden intentar que ambos terminen el circuito o mejorar poco a poco sus propias posiciones.

Los juegos de bolos, tenis y actividades conocidas reducen la barrera tecnológica

Otra posibilidad interesante son los videojuegos que imitan actividades que las personas ya conocen fuera de la pantalla.

Los bolos son un buen ejemplo.

Aunque el control digital sea nuevo, las reglas no lo son.

Hay que lanzar una bola e intentar derribar los pinos.

Lo mismo ocurre con ciertos juegos de tenis, golf u otras actividades recreativas.

Cuando la persona ya entiende el deporte, solamente tiene que aprender cómo representar ese movimiento mediante el mando.

Este tipo de experiencias puede resultar especialmente cómodo para quienes sienten que los videojuegos modernos son demasiado complicados.

No necesitan comprender mundos de fantasía, sistemas de niveles o personajes desconocidos.

Simplemente reconocen una actividad familiar en un formato nuevo.

Los juegos basados en movimiento también pueden generar momentos divertidos, siempre que se utilicen en un espacio seguro y adaptado a las capacidades de cada persona.

No se trata de realizar movimientos bruscos ni de convertir la sesión en ejercicio físico.

El objetivo es compartir la actividad con comodidad.

Si una persona tiene dificultades de movilidad, existen muchas alternativas que pueden jugarse sentado utilizando controles tradicionales.

Puzles digitales para jugar sin prisas

No todas las personas disfrutan de reaccionar rápido.

Para muchos abuelos, un juego de puzles puede resultar mucho más agradable.

Estos juegos permiten observar la pantalla, pensar y tomar decisiones sin la presión constante de actuar inmediatamente.

Pueden consistir en unir piezas, organizar objetos, buscar patrones, resolver pequeñas situaciones o completar desafíos de lógica.

Aquí el nieto y el abuelo incluso pueden jugar de una manera diferente.

No siempre es necesario que ambos tengan un mando.

Una persona puede controlar mientras las dos buscan la solución.

Por ejemplo, el nieto mueve las piezas y el abuelo propone dónde colocarlas.

Después pueden intercambiar los roles.

Esto convierte el videojuego en una actividad realmente compartida, aunque solamente una persona esté realizando las acciones físicas.

Además, los puzles generan conversaciones de forma natural.

“Prueba esa pieza.”

“Creo que primero tenemos que mover esto.”

“¿Y si empezamos por el otro lado?”

Ese diálogo puede terminar siendo más importante que completar el nivel.

Minecraft puede funcionar si se simplifica la experiencia

Minecraft puede parecer una recomendación extraña para un principiante porque incluye muchos controles y posibilidades.

Sin embargo, puede funcionar muy bien cuando el nieto actúa como guía y la actividad tiene un objetivo sencillo.

No es necesario comenzar luchando contra criaturas, explorando cuevas o intentando comprender todos los sistemas del juego.

Pueden empezar construyendo algo.

Una pequeña casa.

Un jardín.

La casa de los abuelos.

Una plaza.

Incluso una versión sencilla de algún lugar que conozcan ambos.

El nieto puede encargarse inicialmente de buscar materiales o preparar el espacio mientras el abuelo aprende a colocar y retirar bloques.

Así no existe presión por jugar “correctamente”.

La construcción también abre oportunidades para conversar.

Mientras recrean una casa antigua, el abuelo puede contar cómo era realmente.

Tal vez explique dónde estaba la cocina, qué había en el patio o qué objetos recuerda de su infancia.

En ese momento el videojuego deja de ser únicamente una actividad digital.

Se convierte en un punto de partida para compartir recuerdos.

Minecraft funciona mejor en este contexto cuando se eliminan complicaciones innecesarias y el proyecto se mantiene pequeño durante las primeras sesiones.

Los juegos cooperativos son mejores cuando nadie tiene que cargar con toda la partida

Un videojuego cooperativo puede ser una excelente elección porque el objetivo no es derrotar al otro jugador.

Ambos trabajan juntos.

Sin embargo, no todos los cooperativos son sencillos.

Algunos requieren mucha coordinación y pueden resultar bastante exigentes.

Por eso conviene elegir juegos donde un jugador experimentado pueda ayudar sin controlar todo.

Los títulos de LEGO pueden ofrecer este tipo de experiencia.

En muchos de ellos, dos jugadores exploran escenarios juntos, rompen objetos, recogen piezas y resuelven pequeños problemas utilizando las habilidades de diferentes personajes.

El nieto puede avanzar por las partes más complicadas mientras el abuelo explora y se familiariza con los controles.

Otro punto positivo es que los errores suelen tener consecuencias limitadas.

No es necesario jugar perfectamente para seguir avanzando.

Ese detalle es muy importante.

Cuando una persona está aprendiendo, sentirse responsable de que todo el equipo pierda puede resultar incómodo.

Una experiencia tolerante con los fallos permite reírse del error y continuar.

Los juegos de cocina pueden ser divertidos, pero no son siempre la mejor primera opción

Overcooked es conocido por sus partidas cooperativas en las que varios jugadores preparan comida dentro de cocinas cada vez más complicadas.

La idea resulta fácil de entender: cortar ingredientes, cocinar, preparar platos y entregar pedidos.

Puede ser muy divertido entre abuelos y nietos.

Pero conviene tener en cuenta algo: el juego puede volverse rápido y caótico.

Por eso quizá no sea la mejor primera experiencia para una persona que todavía está intentando recordar dónde están los botones.

Una forma de hacerlo más accesible consiste en olvidarse inicialmente de las puntuaciones.

En lugar de intentar conseguir el mejor resultado, pueden concentrarse simplemente en preparar algunos pedidos.

También ayuda repartir tareas.

El abuelo puede encargarse de una acción concreta, como colocar los ingredientes en un lugar, mientras el nieto realiza otras tareas.

Poco a poco pueden intercambiar funciones.

Aquí aparece una de las partes más interesantes de jugar juntos: aprender a comunicarse.

“Yo corto esto.”

“Tú lleva ese plato.”

“Espera, falta un ingrediente.”

Incluso cuando todo sale mal, la situación puede terminar provocando más risas que frustración si nadie se toma la puntuación demasiado en serio.

El nieto también tiene que aprender a enseñar

Cuando un niño conoce perfectamente un videojuego, puede olvidar lo difícil que fue utilizar un mando por primera vez.

Para él, decir “pulsa L2, gira la cámara y después usa X” puede parecer una instrucción sencilla.

Para su abuelo puede sonar como otro idioma.

Por eso esta actividad también enseña algo al nieto: tener paciencia.

Es mejor explicar una acción cada vez.

Primero caminar.

Después saltar.

Más tarde utilizar objetos.

También conviene evitar quitarle inmediatamente el mando.

Si el abuelo se equivoca, puede intentarlo otra vez.

Tomar el control y resolver la situación rápidamente transmite, aunque no sea la intención, la idea de que aprender demasiado despacio molesta.

Una frase mucho más útil sería:

“Prueba otra vez. Si quieres, te enseño dónde tienes que ir.”

Del mismo modo, el abuelo puede preguntar sin sentirse mal por no recordar un botón.

Aprender un videojuego es como aprender cualquier otra actividad.

Necesita práctica.

Elegir el dispositivo también importa

La experiencia no depende solamente del juego.

El tamaño de la pantalla, los controles y el lugar donde se juega pueden hacer una gran diferencia.

Una televisión grande puede facilitar la lectura de textos y la identificación de objetos.

También conviene revisar el tamaño de las letras dentro del propio videojuego. Algunos títulos permiten aumentar el texto o modificar opciones de accesibilidad.

El mando debe resultar cómodo.

Si tiene demasiados botones, el nieto puede señalar físicamente cuál debe utilizarse en vez de explicar únicamente su nombre.

También es recomendable jugar en un lugar con buena iluminación y sin reflejos molestos.

El volumen debe permitir escuchar el juego sin dificultar la conversación.

Y no hace falta organizar sesiones largas.

Para empezar, una partida corta puede ser mucho más agradable que pasar horas intentando aprender todos los sistemas de un videojuego.

Lo ideal es terminar mientras todavía existe interés por repetir.

No todo tiene que ocurrir frente a la pantalla

Un videojuego compartido puede continuar después de apagar la consola.

Si construyeron una casa en Minecraft, pueden dibujar cómo mejorarla.

Después de unas carreras, pueden comentar cuál circuito resultó más divertido.

Si jugaron un puzle, pueden buscar juntos otra solución.

Incluso puede ocurrir el proceso contrario.

El abuelo puede enseñar al nieto un juego tradicional y luego buscar una versión digital parecida.

Ajedrez, cartas, dominó y otros juegos conocidos también existen en formatos digitales.

Eso permite que el aprendizaje vaya en ambas direcciones.

Un día el nieto explica un videojuego moderno.

Otro día el abuelo enseña una actividad que conoce desde hace décadas.

Entonces la tecnología deja de crear una separación entre generaciones y se convierte en un punto de encuentro.

Preguntas comunes antes de jugar juntos

¿Hace falta comprar una consola especialmente para esta actividad?

No necesariamente. Lo más razonable es utilizar primero los dispositivos que ya existen en casa y buscar juegos compatibles con ellos. Comprar nuevo equipo tiene sentido solamente si la familia realmente piensa utilizarlo con frecuencia.

¿Qué ocurre si el abuelo tiene poca experiencia con tecnología?

Es mejor empezar con controles muy sencillos y sesiones cortas. No conviene explicar menús, configuraciones y funciones que todavía no necesita.

¿Los juegos competitivos son una mala elección?

No. Una carrera o partida amistosa puede ser muy divertida. El problema aparece cuando ganar se convierte en la única finalidad y uno de los jugadores tiene mucha más experiencia que el otro.

¿Puede jugar una persona con dificultades de movilidad?

Depende del juego y del dispositivo. Existen experiencias que requieren muy poco movimiento y diferentes opciones de accesibilidad. Conviene elegir según las necesidades reales de cada persona.

¿Es necesario que el abuelo aprenda a jugar solo?

No. Si la finalidad es compartir tiempo con el nieto, no necesita llegar a dominar el videojuego de manera independiente.

¿Qué pasa si no le gustan los videojuegos?

No hay que insistir. La actividad solamente tiene sentido si ambos disfrutan. Quizá funcionen mejor los puzles, juegos de cartas digitales o experiencias relacionadas con intereses que ya tenga.

Cuando aprender el mando deja de ser lo importante

La primera partida entre un abuelo y un nieto probablemente no será perfecta.

Habrá botones equivocados.

Personajes caminando hacia la dirección incorrecta.

Carreras terminadas en último lugar.

Preguntas repetidas.

Tal vez el nieto tenga que explicar varias veces cómo hacer exactamente la misma acción.

Eso forma parte de la experiencia.

Los mejores videojuegos para compartir en familia no son necesariamente los más nuevos, los más espectaculares ni los que ofrecen más funciones.

Son aquellos que dejan espacio para estar juntos.

Una carrera sencilla, un puzle, una construcción en Minecraft, una aventura de LEGO o incluso una caótica cocina virtual pueden convertirse en una excusa para conversar y reírse.

Para el abuelo, puede ser una manera de acercarse a una afición importante para su nieto.

Para el niño, puede ser la oportunidad de descubrir que enseñar también requiere paciencia y atención.

Y para ambos, la partida puede terminar teniendo un valor que no aparece en ninguna puntuación de la pantalla.

Porque al final el objetivo no es convertir a los abuelos en jugadores expertos.

Es encontrar otra actividad que dos generaciones puedan disfrutar en el mismo sofá.

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